lunes

POEMA DE EUGENIO DE ANDRADE




PLAZA DE LA ALEGRÍA

Huele bien: a café recién hecho, o mejor, a café mezclado con el olor de las violetas que el pequeño vendedor ha puesto encima de mi mesa, insistiendo para que le comprase un ramo. ¿A quién se lo iba a dar? Eso mismo le dije, que vivía en Oporto como quien vive en la isla del Cuervo, no tenía a nadie a quien darle una flor. El chavalito, con ojos oscuros de potro manso, sintiendo que mi negativa era débil, no se marchaba. Terminé por comprarle las violetas y ofrecérselas a la luna, que acababa de surgir en la esquina de la plaza, blanca, redonda, carnosa, y al aceptarlas, pese a ser puta vieja, se puso del color de las cerezas.

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