sábado

PÁRRAFOS DE NOVELAS NUNCA ESCRITAS


[…] Entonces entró un parapléjico reclamando, para él solo, el espacio que ocupaban seis personas de complexión normal. Una de ellas, señora alta y fibrosa, visiblemente indignada pero sin perder los papeles le afeó tal exigencia, calificándola de abuso de poder, y se hizo un tenso silencio hasta que un hombre que estaba solo en la otra esquina dio una palmada y soltó: ¡Bachata! La cosa, en fin, no pasó a mayores. Sin embargo, años después, llegó a mis oídos el rumor de que el parapléjico había sido amenazado en aquel recóndito lugar por una energúmena […]


[…] A pesar de no ser ninguna marimacho, Susan era de esas adolescentes con más amigos que amigas, y sólo por ese pequeño detalle, que a tantos muchachos entusiasmaba, Rudolph comenzó a sentir por ella un profundo desinterés […]


[…] Y de pronto habló, por fin, Ángel: “Para que te beatifiquen hay que cumplir tres requisitos: buenos mofletes, ojos claritos, pico cerrado”. Nadie pudo contener la risa. Más de un año ya guardando silencio, y se decide a romperlo con una frase memorable. No dejó lugar a dudas: estábamos ante un verdadero santo. [...]


[…] Referiré no obstante que, como su entorno tenía vocación de satélite, se hacía comprensible que aquel alemán acabara desarrollando complejo de estrella. Se creía capaz, e incluso con derecho a ello, de guiar hasta su cama a cualquier mujer que se le antojase. Las chicas jóvenes e impresionables se quedaban embobadas oyéndole hablar, pero una, que ya había corrido lo suyo en esta vida, no veía en él más que un hombre chaparro y oscuro. [...]


[…] y justo en ese momento aparecieron los Desencantados. Nosotros los Atónitos ya intentábamos de aquella evitarlos a toda costa, escondiéndonos detrás del rebaño o donde fuese, en cuanto asomaban el hocico a nuestros dominios. Pero nos pillaban a veces desprevenidos y entonces teníamos que soportar estoicamente su monserga de sabelotodo, su estar de vuelta de donde nadie jamás ha ido. (Tan frecuentes eran sus visitas que uno de los nuestros, el Apocado, pronto acabó convertido en un Desencantado más. Yo hice cuanto pude por salvarlo de caer en el Pozo, le agarré la mano con todas mis fuerzas, pero no era uno el Hercúleo de la pandilla, sino el Zumbón, y a nuestro amigo le sobraba más de una fabada). […]

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