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domingo

FANTASMAS DE LA ESCRITURA (V)


Este domingo toca hablar de ese fantasma negativo que nos desanima, que quiere apartarnos de la escritura. Es el que nos dice cosas como: eso que vas a escribir ya lo dijeron otros mejor que tú. O que nos lanza preguntas del tipo: ¿no ves que no puedes ser el nuevo Yeats?¿qué aportarás tú a la poesía? Se requiere mucha fortaleza interior, además de un máximo aprovechamiento de la inteligencia, para sobreponerse a su visita. Hay que responderle: déjame en paz, seguiré escribiendo cuando haya que escribir, soy más fuerte que tú, aquí no tienes nada que hacer. Así no te estarás mintiendo: porque cada poeta dice las cosas de manera diferente (y eso en poesía significa decir cosas distintas), porque Yeats tampoco pudo ser quien eres tú, y porque aportarás a la poesía lo que tengas que aportar y no lo que te diga un fantasma que, como todos los fantasmas, no existe sino en tu cabeza.

sábado

FANTASMAS DE LA ESCRITURA (IV)


El cuarto fantasma que vamos a tratar es el que nos invita a hacer planes creativos, a llevar a cabo proyectos a veces demasiado ambiciosos. Es ese que te anima a escribir el gran poema largo, el gran poema-libro, el gran poema-río o volcán sin un solo verso que suponga un bajón de intensidad. Aunque en ciertos momentos puede ser interesante su compañía -es el que se le apareció a nuestro maestro Juan Ramón en la escritura de Espacio-, también es capaz de bloquear nuestro propio camino: mientras deberíamos estar atentos a los poemas que al paso nos van saliendo, él nos duerme en los laureles, nos pone a escribir, por ejemplo, un poema sobre el lunes, otro sobre el martes, uno para cada día de la semana, haciéndonos soñar con un libro perfectamente unitario. Puede ser interesante su compañía, como hemos dicho, pero recordemos de nuevo a Juan Ramón para tener presente, bien presente, que la poesía se vive de manera más sana, y es acaso más auténtica, cuando surge sin premeditación: ¡Hoja verde / con sol rico, / carne mía / con mi espíritu!


viernes

FANTASMAS DE LA ESCRITURA (III)


El tercer fantasma que mencionaremos es el que viene a meter miedos, a menudo absurdos, que sólo tienen razón de ser en la primera inmadurez de la vida del poeta. Citemos unos pocos: 

-Miedo a que piensen que sólo sabes escribir en verso libre: por eso tantos se marcan un soneto como apertura de un libro. Es un miedo emparentado (si no el mismo) con el miedo a no demostrar que eres dueño y señor de numerosos recursos. Cuando no se trata de que hagas malabares, sino de ofrecer un puñado de poemas dignos, independientemente de la forma que reclame cada uno.

-Miedo al ritmo versolibrista, que te lleva a meter los acentos con calzador.

-Miedo al prosaísmo, aunque el pensamiento poético lo supla.

-Miedo a que el poema sea demasiado breve, porque parece que lo breve no exige pericia, porque da la impresión de que puede escribirlo cualquiera, porque pasa por una nadería, o porque simplemente te da no sé qué dejar tanto espacio en blanco.

-Miedo a los tópicos.

-Miedo a la efusión sentimental, lo que te lleva a adoptar una permanente actitud de distanciamiento irónico que va matando al verdadero poeta, al niño bobo de ilusiones que tienes dentro de ti.

-Miedo a ponérselo, por ser un poeta sin par, demasiado difícil a los críticos, intentando integrarte, entonces, en las características de alguna corriente. Es acaso el miedo más ridículo de todos, y cuesta imaginar que se dé en un verdadero poeta.

-Miedo a utilizar palabras de todos los días.

-Miedo a ser demasiado original, y a no serlo en absoluto.

-Miedo (o mejor, en este caso, falta de valor) a la hora de descartar versos que te gustan, pero que sabes, por intuición, que en el poema sobran. Éste es el único verdaderamente difícil de enfrentar, porque el ego puede ponerse muy cabezón en ese trance.

FANTASMAS DE LA ESCRITURA (II)


Otro fantasma muy divertido es el que te obliga a hacer números. Se aparece cuando vas a organizar un poemario. Si tienes, por ejemplo, cuarenta y un poemas, aunque ya veas libro del todo exprimido, él no estará conforme. Quiere la exactitud, el número redondo, te pedirá que escribas nueve más para tener cincuenta. También puede ocurrir que no le valga, si divides tu libro en partes, que en alguna de ellas no haya el mismo número de poemas que en las otras. Sus manías sólo son dignas de consideración (y no siempre) a la hora de confeccionar una antología, porque se trata de un fantasma sin ninguna autoridad artística, aunque sean legión los poetas (algunos veteranos) que fuerzan las cosas para satisfacerle. Y es que hay que ser buen alumno para aprender algo con estos fantasmas. Ya he dicho que son maestros de curiosos métodos: a su lado aprendes a hacer las cosas como es debido, pero porque ellos te enseñan cómo no hay que hacerlas.


FANTASMAS DE LA ESCRITURA (I)


Conozco, y no es ningún mérito, sino una vivencia, muchos de los fantasmas que se presentan mientras escribes. Son maestros con curiosos métodos de enseñanza. 

Uno de ellos, el primero que se me viene a la cabeza, es ese que quiere un poema con infinitas lecturas, un poema que no se agote, que en cada relectura gane, que no deje de cobrar nuevas significaciones. Ante este fantasmón, es muy fácil caer en la tentación de "misterizar" el poema innecesariamente. Para abaratarse así -concluí una vez ante el aparecido- más vale dejar la página en blanco, o pintarla completamente de negro. De hecho, algo parecido a esto último hacen muchos de tus secuaces, porque es muy simple y muy socorrido: las lecturas que ofrece son infinitas, y no pocos estudiosillos caen en la trampa.