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lunes

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN


Lector de poesía que a veces te desapasionas al ojear novedades en las librerías, no pasa nada: siempre nos quedará Juan Ramón. Me acuerdo otra vez ahora que me reencuentro, entre los libros que tengo por aquí cerca, con su Selección de prosa lírica editada en la colección Austral. Lo malo de leer a este animal, si eres poeta y hasta ahora has estado en Babia creyéndote a la última por leer a Simic, es que puedes acomplejarte, sentirte poca cosa, dejar de creerte el as que quizá llegues a ser. Pero ese pequeño malestar, bien mirado, es una hermosa bendición.

Pues nada más debo añadir, dejo un par de muestras. Un apunte que evoca a un clásico y un retrato de otro clásico.

***

BÉCQUER

Hay por Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se quita; algo así como esas estrellas que ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!


*

ANTONIO MACHADO

Antonio Machado se dejó desde niño la muerte, lo muerto, podre y quemasdá por todos los rincones de su alma y su cuerpo. Tuvo siempre tanto de muerto como de vivo, mitades fundidas en él por arte sencillo. Cuando me lo encontraba por la mañana temprano, me creía que acababa de levantarse de la fosa. Olía, desde muy lejos, a metamorfosis. La gusanera no le molestaba, le era buenamente familiar. Yo creo que sentía más asco de la carne tersa que de la huesuda carroña, y que las mariposas del aire libre le parecían casi de tan encantadora sensualidad como las moscas de la casa, la tumba, y el tren,

inevitables golosas.

Poeta de la muerte, y pensado, y sentido, preparado hora tras hora para lo muerto, no he conocido otro que como él haya equilibrado estos niveles iguales de altos o bajos, según y cómo; que haya salvado, viviendo muriendo, la distancia de las dos únicas existencias conocidas, paradójicamente opuestas; tan unidas aunque los otros hombres nos empeñemos en separarlas, oponerlas y pelearlas. Toda nuestra vida suele consistir en temer a la muerte y alejarla de nosotros, o mejor, alejarnos nosotros de ella. Antonio Machado la comprendía en sí, se cedía a ella en gran parte. Acaso él fue, más que un nacido, un resucitado. Lo prueba quizás, entre otras cosas, su madura filosofía juvenil. Y dueño del secreto de la resurrección, resucitaba cada día ante los que lo vimos esta vez, por natural milagro poético, para mirar su otra vida, esta vida nuestra que él en parte se reservaba también. A veces pasaba la noche en su casa ciudadana de alquiler, familiar o posada. Dormir, al fin y al cabo, es morir, y de noche todos nos tendemos para morir lo que se deba. No quería ser reconocido, por sí o por no, y por eso andaba siempre amortajado, cuando venía de viaje, por los trasmuros, los pasadizos, los callejones, las galerías, las escaleras de vuelta, y, a veces, si se retardaba con el mar tormentoso, los espejos de la estación, los faros abandonados, tumbas en pie.

Visto desde nosotros, observado a nuestra luz medio falsa, era corpulento, un corpachón naturalmente terroso, algo de grueso tocón acabado de sacar; y vestía su tamaño con unos ropones negros, ocres y pardos, que se correspondían a su manera estravagante de muerto vivo, saqué nuevo quizás, comprado de prisa por los toledos, pantalón perdido y abrigo de dos fríos, deshecho todo, equivocado en apariencia; y se cubría con un chapeo de alas desflecadas y caídas de una época cualquiera, que la muerte equilibra modas y épocas. En vez de pasadores de bisutería llevaba en los puños del camisón unas cuerdecitas como larvas, y a la cintura, por correa, una cuerda de esparto, como un ermitaño de su clase. ¿Botones? ¿Para qué? Costumbres todas lógicas de tronco afincado en cementerio.

Cuando murió en Soria de Arriba su amor único, que tan bien comprendió su función trascendental de paloma de linde, tuvo su idilio en su lado de la muerte. Desde entonces, dueño ya de todas las razones y circunstancias, puso su casa de novio, viudo para fuera, en la tumba, secreto palomar; y ya sólo venía a este mundo de nuestras provincias a algo muy urjente, el editor, la imprenta, la librería, una firma necesaria...La guerra, la terrible guerra española de tres siglos. Entonces abandonó toda su muerte y sus muertos más íntimos y se quedó una temporada eterna en la vida jeneral, por morir otra vez, como los mejores otros, por morir mejor que los otros, que nosotros los más apegados al lado de la existencia que tenemos como vida. Y no hubiera sido posible una última muerte mejor para su extraña vida terrena española, tan mejor, que ya Antonio Machado, vivo para siempre en presencia invisible, no resucitará más en jenio y figura. Murió del todo en figura, humilde, miserable, colectivamente, res mayor de un rebaño humano perseguido, echado de España, donde tenía todo él, como Antonio Machado, sus palomares, sus majadas de amor, por la puerta falsa. Pasó así los montes altos de la frontera helada, porque sus mejores amigos, los más pobres y más dignos, los pasaron así. Y si sigue bajo tierra con los enterrados allende su amor, es por gusto de estar con ellos, porque yo estoy seguro de que él, conocedor de los estrechos vericuetos de la muerte, ha podido pasar a España por el cielo de debajo de la tierra.

Toda esta noche de luna alta, luna que viene de España y trae a España con sus montes y su Antonio Machado reflejados en su espejo melancólico, luna de triste diamante azul y verde en la palmera de rozona felpa morada de mi puertecilla de desterrado verdadero, he tenido en mi fondo de despierto dormido el romance Iris de la noche, uno de los más hondos de Antonio Machado y uno de los más bellos que he leído en mi vida:

Y tú, Señor por quien todos
vemos y que ves las almas
dinos si todos un día
hemos de verte la cara.

En la eternidad de esta mala guerra de España, que tuvo comunicada a España de modo grande y terrible con la otra eternidad, Antonio Machado, con Miguel de Unamuno, y Federico García Lorca, tan vivos de la muerte los tres, cada uno a su manera, se han ido, de diversa manera lamentable y hermosa también, a mirarle a Dios la cara. Grande de ver sería cómo da la cara de Dios, sol o luna principales, en las caras de los tres caídos, más afortunados quizás que los otros, y cómo ellos le están viendo la cara a Dios.

miércoles

APUNTE SOBRE BERGAMÍN


A saltos vuelvo a leer -me divierte bastante- poemas de Bergamín en una antología suya que tengo por aquí cerca. Creo que no es muy conocida. Pertenece a la colección Clásicos Castalia. 

Bergamín no tiene mucho que ver con los poetas de su generación. En sus poemas, eminentemente aforísticos, no hay el brillo imaginativo ni metafórico propio de Lorca o de Alberti. Metafísico rimador nato, no muy lejos del Machado de los proverbios y cantares, tras leerlo siempre me quedo con la sensación de que fue un poeta poco listo, que no sacó provecho de sí, que no explotó ni la mitad de su potencial. Un Bergamín moderno, liberado de la copla y con menos prejuicios hacia lo que debe o no debe ser la poesía, tal vez habría sido de los mejores de su tiempo; si no el mejor, porque a ratos hay en lo suyo una profundidad que no se ve en ningún otro. 

Entre bastantes otras que me tocan alguna fibra, una de las rimas me llama especialmente la atención:

Me va pareciendo el tiempo
más que enemigo, un amigo
que me acompaña en silencio.

Que me acompaña en silencio,
dándole a mi corazón
su único fiel compañero.

La antología se hace demasiado larga, acaba resultando monótona. Quizá el autor esté pidiendo ser quintaesenciado: un libro de cincuenta o cien poemas a lo sumo, con uno en cada página, sería más agradable de leer, y más acorde a su significación como poeta entre nosotros. 

lunes

APUNTE SOBRE ROBERT WALSER


                    Leyendo Escrito a lápiz: Microgramas II (1925-1932)


Esto tan suyo, esta prosa lírica (que no poema en prosa) como una suerte de variaciones alrededor de nada en concreto, o como cauce de una frenética actividad cerebral, me parece realmente admirable. No así la legión de mitómanos que su historia personal ha motivado: pertenecen al lado tonto de la literatura; son peliculeros que idealizan, con base en chismes y figuraciones (y a veces en nada), a los artistas un tanto al margen. Pero no importa: Walser los sobrevive sin problemas; su escritura, graciosa paloma, sobrevuela por encima de su cadáver sobre la nieve.

miércoles

APUNTE SOBRE OLIVERIO GIRONDO


Releyendo una antología de Girondo, publicada en Visor, me salto páginas y páginas, con el poema a medio leer. No puedo con ellas, se me caen, pese a que en su momento me impactaran. A mi modo de ver, el sentido del humor, para tener su hueco en el poema, debe ser más leve, a veces apenas un toque. No sé si por eso me he acordado de un aforismo de Wallace Stevens que necesito buscar en su Adagia: "El defecto esencial del surrealismo es que inventa sin descubrir. Hacer que una almeja toque el acordeón es inventar, no descubrir. La observación del inconsciente, en la medida en que es posible observarlo, habría de revelar cosas de las cuales hasta ahora hemos sido inconscientes, no aquellas cosas de las cuales hemos sido conscientes más la imaginación". 

Yo no creo que haya que descubrir nada, pero estoy más o menos de acuerdo en el trasfondo de lo que expresa. Girondo, especialmente en Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, inventa muy a la ligera, como por el mero placer de inventar, o de lucir imaginación, y eso, que es muy lícito, a mí no me convence. Aun así, agradezco reencontrarme con posteriores textos en prosa que dosifican mejor la imagen humorística, como aquel que habla de hacer el amor volando, o aquel otro que desarrolla el tema de la solidaridad. Pero ante ellos, por momentos, tengo la sensación de estar ante una suerte de Groucho Marx y no ante un auténtico poeta. Es en verso, en los Nocturnos, y en otros poemas como Comunión Plenaria, Espera, Lo que esperamos, o Gratitud, donde veo al Girondo que mejor concilia la comedia con la poesía. El poema que más me gusta de los seleccionados en este libro es Puedes juntar las manos:


La gente dice:
Polvo,
Sideral,
Funerario,
y se queda tranquila,
contenta,
satisfecha.

Pero escucha ese grillo,
esa brizna de noche,
de vida enloquecida.

Ahora es cuando canta.
Ahora
          y no mañana.
Precisamente ahora.
Aquí.
         A nuestro lado...
como si no pudiera cantar en otra parte.

¿Comprendes?
                       Yo tampoco.
                                          Yo no comprendo nada.

No tan sólo tus manos son un puro milagro.
Un trapiés,
un olvido,
y acaso fueras mosca,
lechuga,
cocodrilo.

Y después...
esa estrella.
                  No preguntes.
                                       ¡Misterio!
El silencio.
                Tu pelo.

Y el fervor,
la aquiescencia
del universo entero,
para lograr tus poros,
esa ortiga, 
esa piedra.

Puedes juntar las manos.
Amputarte las trenzas.

Yo daré mientras tanto tres vueltas de carnero.


De En la masmédula, su último libro, aunque hago el intento, no vuelvo a leer apenas nada. En esa intrepidez final no veo ningún poema necesario. Podría empeñarme en buscar el acierto, pero la realidad, aunque el autor se ganara mi cariño, creo que es muy otra. 

Cierro el libro y concluyo que la genialidad de Girondo es una estrella que brilla como ninguna, pero no una estrella que guíe, sino una que cansa mirar. De todas formas, pues que su personalidad marcó la diferencia, alguno de sus poemas quedará por siempre. Y eso, que parece poco, sólo está al alcance de los verdaderamente grandes.

martes

APUNTE SOBRE GAMONEDA


Releyendo la Antología poética de Gamoneda publicada en Alianza, de repente me acuerdo de Alberti: "Poeta, por ser claro, no se es mejor poeta. / Por ser oscuro, poeta, no lo olvides, tampoco". Quizá me acuerde porque alguna vez he oído a algunos decir que Gamoneda es un poeta oscuro. No entiendo muy bien a qué se refieren con semejante afirmación. Tal vez crean que un poema es claro por ser comprensible racionalmente, y si de esto se trata no estoy de acuerdo: no siempre es necesario que el poema traiga un significado evidente para que en él se dé la claridad. Gamoneda, puesto que es un poeta puro, es claro. Si no, que me cuenten a mí qué poeta oscuro es capaz de escribir un poema tan luminosamente sencillo como éste de su libro Cecilia:


Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente; todo es cierto en tu claridad:

te has posado en mi corazón,

hay luz dentro de mis venas,

he enloquecido dulcemente.


A mí me parece muy claro, incluso en libros de corte tan hermético como Descripción de la mentira. Porque en poesía lo oscuro es el barullo, la vaguedad, la palabrería, la falsificación emocional, lo excesivamente literario, lo que se aleja demasiado del radio de la esencia. Y Gamoneda, de un modo inimitable, nunca ha caído en nada de eso.