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miércoles

jueves

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (VIII)


Siempre podremos volver a Platero y yo, que es para lectores de todas las edades:

XVII

EL NIÑO TONTO

Siempre que volvíamos por la calle de San José, estaba el niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño alegre él y triste de ver; todo para su madre, nada para los demás.

Un día, cuando pasó por la calle blanca aquel mal viento negro, no vi ya al niño en su puerta. Cantaba un pájaro en el solitario umbral, y yo me acordé de Curros, padre más que poeta, que, cuando se quedó sin su niño, le preguntaba por él a la mariposa gallega:

Volvoreta de`aliñas douradas...

Ahora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que desde la calle de San José se fue al cielo. Estará sentado en su sillita, al lado de las rosas únicas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de los gloriosos.

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (VII)




27

El alma de los hombres
en sus obras, sin ellos, feos, tristes,
molestos, aburridos.
El cuerpo bello y deseado
de las mujeres, sin su alma.

Yo, hombre solo,
nutrido de la idea de los hombres, todos,
con todas las mujeres sin idea.

32

OBRA Y SOL

¡Cerrado libro mío,
cielo estrellado de la siesta!

¡Libro mío entreabierto,
cielo estrellado de la tarde!

¡Abierto libro mío,
cielo estrellado de la noche!

miércoles

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (VI)





AL PRESIDENTE DEL ATENEO DE SEVILLA

"POETRÍA"

                                                                        Madrid, 6 de abril de 1923.


Señor presidente del Ateneo de Sevilla

Muy señor mío, de toda mi consideración:
Hasta hoy no he recibido de este Ateneo madrileño la escesiva y amable carta que han tenido ustedes la bondad de escribirme, invitándome a cantar y representar, con dos señoritas paisanas mías, a mi querida provincia de Huelva en la Fiesta Literaria Andaluza, que están ustedes organizando.
Prefiero a vanas promesas, que a ninguno nos servirían de nada, decirles la pura verdad: yo soy enemigo completo de tales exhibiciones y brillos, no debo ni quiero hacer los versos que me piden, no sirvo, en ningún concepto, para esa fiesta, útil y bella, de fijo, bajo ciertos aspectos, y sobre todo en la fina, aérea, imponderable Sevilla que todo lo equilibra y hermosea.
En Huelva hay sin duda personajes mucho más a propósito que yo para este caso, y que estarán deseando, haciéndoseles la boca agua, que ustedes se fijen en ellos. Tendrán ya listo el canto, el traje y el retrato, ensayado el acto, soñada la gloria apetitosa de musa y señorita choquera. Dennos, pues, gusto a todos, cosa tan sencilla y agradable.
Si en algún otro proyecto de ustedes, para el que yo verdaderamente sirva, puedo serles útil...o bello, dispongan de su agradecidísimo amigo, eterno envidioso de esa Giralda casi humana, voleada siempre de altas palomas, y de los que pueden oír, cada día, sus alas y sus campanas en el sol y la luna de Sevilla.

Juan Ramón Jiménez.

martes

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (V)




En el libro de la foto (libro del que ya mostramos aquí un par de textos) hay poemas en prosa, cuentos, aforismos, apuntes autobiográficos... Bienaventurados los que lean de arriba abajo a Juan Ramón, porque de ellos es el reino de la poesía.

***

INFINITO

Como la rica espuma del día colmado, el sol poniente se derrama rosioro de los bordes de la ciudad -cimas de árboles de cobre, tejados, pararrayos, chimeneas- embriagada de belleza.

¡Qué satisfecha mi ciudad en su día! Han cantado todos sus pájaros y alguno de otra parte, la brisa ha sido inquieta y fija todo el tiempo, ni una nube ha surcado el cielo, no se ha caído de toda la arboleda amarilla una sola hoja.

Calma y paz. Hermosura largamente detenida, no importa dónde, ni si nueva o decaída. Éstasis del Instante existente, y por lo tanto, eterno. ¡Infinito conseguido, incluida -¡noche que entras!- la muerte!

*

MADRID VIEJO

Las casas parecen un amontonamiento de viejos pianos y raídos cofres de piel de vaca.

*

APUNTES DE ENERO EN EL RETIRO

Aquí y allá, bajo la nieve de estos días, asoma sana y viva la yerbilla verde. En la humedad total del día, los edificios parecen tener buena cara.
Aún no hay pájaros de vuelta; pero ya se oye, no se sabe dónde, en unos trinos que parece la vida, el canto total de todos los pájaros del mundo.
Y antes de anochecer, entre los ramajes vagos y húmedos, como una promesa, como si la tarde fuera abril y mañana mayo, el cielo se pone vagamente azul.

*

RECUERDO ATROFIADO

Cada día lo dejaba para el siguiente. Era un recuerdo que no quería dejar de recordar bien, y que nunca tenía tiempo de recordar a mi gusto, y no lo quería recordar mal, y no lo recordaba.
Yo estaba tranquilo porque sentía que el recuerdo estaba en mí seguro recordándose solo, como algo material que interceptaba sin mi voluntad el paso del borrador olvido. Como cuando se hace un nudo en un pañuelo, se había hecho en mi memoria día tras día un nudo.
Un día en que tuve el tiempo, me eché en mi sofá ocioso, como suelo en estos casos, a recordar mi recuerdo. No lo pude recordar ya. Estaba en mí, pero duro, seco, pesado, como un mendrugo, un hueso, un callo del pensamiento, dolor fósil, como un obstáculo inútil del olvido.

*

¿TORRE DE MARFIL, ETC.?

Mi "apartamiento", mi "soledad sonora", mi "silencio de oro" (que tanto me han echado en cara, y siempre del revés malévolo, y tanto me han metido conmigo en una supuesta "torre de marfil", que siempre vi en un rincón de mi casa y nunca usé) no los aprendí de ninguna falsa aristocracia, sino de la única aristocracia verdadera y posible.
Los aprendí desde niño, en mi Moguer, del hombre del campo, del carpintero, del albañil, del talabartero, del encalador, del herrero, que trabajaban solos casi siempre en lo suyo, con el cuerpo en el alma, y los domingos muchas veces como yo, los desiertos domingos interiores, por la verdad, la fe, la alegría de su lento y gustoso trabajo diario.
Yo era torrero de marfil, para ciertos algunos, porque no iba a los corros del café, de la revista, del casino, del teatro, de la casa de prostitución. No, no iba; no iba porque iba al campo y me paraba con el pastor, o la lavandera; al taller y hablaba con el impresor, el encuadernador, el grabador, el papelero; al hospital a ver al enfermo y la enfermera; a la plaza (mis queridas plazas de Moguer, de Sevilla, de Madrid, de donde fuera), en cuyos bancos conocí a tanta jente mejor, viejos, muchachas, niños, ociosos de tantos trabajos, y con tantas historias y tantos sueños.

jueves

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (IV)


Del libro Ellos:

5

ESTA GRAN REALIDAD

MADRE ¡qué estraña me parece ahora esta gran realidad; que yo he vivido nueve meses en tu casa de carne, tan lejos de mí ahora; tan estraña a mí hoy, solo, libre, ahora como en mi muerte, el nuevo entrar que he de tener, madre, madre de madres, en tu casa de tierra!

20

MADRES

A veces quiero en mi madre
a no sé qué madre eterna,
que vive fija en el tiempo,
madre de abuela de abuelas,
fuego en yo no sé qué todo
distante; que me contempla
con unos ojos ansiosos,
que me grita, que se acerca...

lunes

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (III)


Dos poemas incluidos en la emblemática Segunda antología poética. Uno del libro La frente pensativa y otro de Eternidades.


15

Pintor que me has pintado
en este cuadro vago de la vida,
tan bien, que casi
parezco de verdad; ¡ay, pínta-
me nuevamente, y mal, de modo
que parezca mentira!

49

Soy como un niño distraído
que arrastran de la mano
por la fiesta del mundo.
Los ojos se me cuelgan, tristes,
de las cosas...
¡Y qué dolor cuando me tiran de ellos!

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (II)


Lector de poesía que a veces te desapasionas al ojear novedades en las librerías, no pasa nada: siempre nos quedará Juan Ramón. Me acuerdo otra vez ahora que me reencuentro, entre los libros que tengo por aquí cerca, con su Selección de prosa lírica editada en la colección Austral. Lo malo de leerlo, si eres poeta, es que puedes acomplejarte, sentirte poca cosa, dejar de creerte el as que quizá seas o quizá llegues a ser. Pero ese pequeño malestar, bien mirado, es una hermosa bendición.

Pues nada más debo añadir, dejo un par de muestras. Un apunte que evoca a un clásico y un retrato de otro clásico.

***

BÉCQUER

Hay por Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se quita; algo así como esas estrellas que ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!


*

ANTONIO MACHADO

Antonio Machado se dejó desde niño la muerte, lo muerto, podre y quemasdá por todos los rincones de su alma y su cuerpo. Tuvo siempre tanto de muerto como de vivo, mitades fundidas en él por arte sencillo. Cuando me lo encontraba por la mañana temprano, me creía que acababa de levantarse de la fosa. Olía, desde muy lejos, a metamorfosis. La gusanera no le molestaba, le era buenamente familiar. Yo creo que sentía más asco de la carne tersa que de la huesuda carroña, y que las mariposas del aire libre le parecían casi de tan encantadora sensualidad como las moscas de la casa, la tumba, y el tren,

inevitables golosas.

Poeta de la muerte, y pensado, y sentido, preparado hora tras hora para lo muerto, no he conocido otro que como él haya equilibrado estos niveles iguales de altos o bajos, según y cómo; que haya salvado, viviendo muriendo, la distancia de las dos únicas existencias conocidas, paradójicamente opuestas; tan unidas aunque los otros hombres nos empeñemos en separarlas, oponerlas y pelearlas. Toda nuestra vida suele consistir en temer a la muerte y alejarla de nosotros, o mejor, alejarnos nosotros de ella. Antonio Machado la comprendía en sí, se cedía a ella en gran parte. Acaso él fue, más que un nacido, un resucitado. Lo prueba quizás, entre otras cosas, su madura filosofía juvenil. Y dueño del secreto de la resurrección, resucitaba cada día ante los que lo vimos esta vez, por natural milagro poético, para mirar su otra vida, esta vida nuestra que él en parte se reservaba también. A veces pasaba la noche en su casa ciudadana de alquiler, familiar o posada. Dormir, al fin y al cabo, es morir, y de noche todos nos tendemos para morir lo que se deba. No quería ser reconocido, por sí o por no, y por eso andaba siempre amortajado, cuando venía de viaje, por los trasmuros, los pasadizos, los callejones, las galerías, las escaleras de vuelta, y, a veces, si se retardaba con el mar tormentoso, los espejos de la estación, los faros abandonados, tumbas en pie.

Visto desde nosotros, observado a nuestra luz medio falsa, era corpulento, un corpachón naturalmente terroso, algo de grueso tocón acabado de sacar; y vestía su tamaño con unos ropones negros, ocres y pardos, que se correspondían a su manera estravagante de muerto vivo, saqué nuevo quizás, comprado de prisa por los toledos, pantalón perdido y abrigo de dos fríos, deshecho todo, equivocado en apariencia; y se cubría con un chapeo de alas desflecadas y caídas de una época cualquiera, que la muerte equilibra modas y épocas. En vez de pasadores de bisutería llevaba en los puños del camisón unas cuerdecitas como larvas, y a la cintura, por correa, una cuerda de esparto, como un ermitaño de su clase. ¿Botones? ¿Para qué? Costumbres todas lógicas de tronco afincado en cementerio.

Cuando murió en Soria de Arriba su amor único, que tan bien comprendió su función trascendental de paloma de linde, tuvo su idilio en su lado de la muerte. Desde entonces, dueño ya de todas las razones y circunstancias, puso su casa de novio, viudo para fuera, en la tumba, secreto palomar; y ya sólo venía a este mundo de nuestras provincias a algo muy urjente, el editor, la imprenta, la librería, una firma necesaria...La guerra, la terrible guerra española de tres siglos. Entonces abandonó toda su muerte y sus muertos más íntimos y se quedó una temporada eterna en la vida jeneral, por morir otra vez, como los mejores otros, por morir mejor que los otros, que nosotros los más apegados al lado de la existencia que tenemos como vida. Y no hubiera sido posible una última muerte mejor para su extraña vida terrena española, tan mejor, que ya Antonio Machado, vivo para siempre en presencia invisible, no resucitará más en jenio y figura. Murió del todo en figura, humilde, miserable, colectivamente, res mayor de un rebaño humano perseguido, echado de España, donde tenía todo él, como Antonio Machado, sus palomares, sus majadas de amor, por la puerta falsa. Pasó así los montes altos de la frontera helada, porque sus mejores amigos, los más pobres y más dignos, los pasaron así. Y si sigue bajo tierra con los enterrados allende su amor, es por gusto de estar con ellos, porque yo estoy seguro de que él, conocedor de los estrechos vericuetos de la muerte, ha podido pasar a España por el cielo de debajo de la tierra.

Toda esta noche de luna alta, luna que viene de España y trae a España con sus montes y su Antonio Machado reflejados en su espejo melancólico, luna de triste diamante azul y verde en la palmera de rozona felpa morada de mi puertecilla de desterrado verdadero, he tenido en mi fondo de despierto dormido el romance Iris de la noche, uno de los más hondos de Antonio Machado y uno de los más bellos que he leído en mi vida:

Y tú, Señor por quien todos
vemos y que ves las almas
dinos si todos un día
hemos de verte la cara.

En la eternidad de esta mala guerra de España, que tuvo comunicada a España de modo grande y terrible con la otra eternidad, Antonio Machado, con Miguel de Unamuno, y Federico García Lorca, tan vivos de la muerte los tres, cada uno a su manera, se han ido, de diversa manera lamentable y hermosa también, a mirarle a Dios la cara. Grande de ver sería cómo da la cara de Dios, sol o luna principales, en las caras de los tres caídos, más afortunados quizás que los otros, y cómo ellos le están viendo la cara a Dios.

viernes

SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (I)


No es el Juan Ramón más celebrado, pero un Juan Ramón es un Juan Ramón. Siempre nos quedará Juan Ramón.

VI

¿Cómo pondré en la hora
tu vago sentimiento?

¡Hacia la aurora! ¡Más!
¡Hacia el ocaso! ¡Menos!

Siempre le falta un poco...
Le sobra siempre un dedo...

-Tu reír suena, fino,
muy cerca...desde lejos-.

*

Del libro Estío